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LOS
RUSOS DE ATOCHA
(Este texto fue escrito apenas tres semanas antes
de los atentados del 11 M. Vaya dedicado a las víctimas de tan
luctuosos acontecimientos.)
La antigua estación de Atocha, reconvertida por obra y gracia del
lejano 92 en isla tropical rodeada de asfalto, alberga en su seno variopintas
comunidades. No me refiero, claro está, a las palmeras ni a los
galápagos, como tampoco al número variable de mendigos que
se refugia en ella para escapar a los rigores del invierno capitalino.
Sus paseos se hallan flanqueados por un apetecible pretil bajo en el que
hace sólo seis meses, incomprensiblemente, estaba prohibido sentarse.
Finalmente, al parecer, los guardias jurados han perdido la batalla y
el sitio se ha convertido en lugar de asueto y reunión.
Para el viajero ocasional pasarán con seguridad desapercibidos.
Incluso podrá hallarse sentado entre ellos creyéndose entre
iguales. Pero a poco observador que sea notará que todos comparten
la misma lengua, e incluso que se conocen entre sí. Habrá
encontrado entonces el Rincón de los Rusos.
Son hombres y son mujeres, y se sientan agrupados por sexo. Charlan, pasean,
leen el periódico. Se les ve serios, aunque a los ojos de ellas
asome de vez en cuando un arrebato risueño. Todos, sin excepción,
expresan la certeza de esperar algo, y ese algo no es precisamente un
medio de transporte: si el viajero de coyuntural se transforma en habitual
y vuelve a pasar durante los siguientes días o semanas, encontrará
una y otra vez las mismas caras hasta que un buen día, en virtud
de una misteriosa rotación, desaparezcan y sean sustituidas por
otras. En este contexto, la expresión sala de espera adquiere unas
connotaciones cuasi metafísicas, porque el tren que esta gente
aguarda, y por cuyo motivo han cruzado toda Europa, no aparece en los
tableros horarios de la estación: ellos no están allí
porque vayan a alguna parte, sino precisamente porque han llegado.
Observándolos, uno juega a adivinar su pasado. Parece posible distinguir
al antiguo profesor y al delegado sindical, al ama de casa y a la obrera
especializada. Mimetizados con la indumentaria occidental unos, delatando
–mayormente las mujeres- su origen foráneo otros. Atrás
quedan economías arrasadas y sueldos en quiebra, y como luciérnagas
vienen atraídos por el espejismo sañudo y amargo del modelo
neoliberal y del desarrollo insostenible.
La mayoría oscila entre los treinta y los cincuenta años,
esa edad en que todo pilla un poco a contrapié, pues ya no se es
lo suficientemente joven como para empezar de cero, ni lo suficientemente
viejo para abandonarlo todo en manos del destino.
Cada emigrado arrastra tras de sí una pesada estela, a veces visible,
de renuncia y de dolor, pero en estos más que en ningún
otro resuena el fracaso del sueño colectivo y de la sociedad sin
clases.
Una chica joven me pide que le lea su horóscopo. Le interesa lo
referente al amor y al trabajo. Un hombre, tocado con una gorra que jamás
llevaría un español, dormita en una de las sillas. Parece
el mayor de todos. Por un instante despierta, y su vecino, solícito,
le pone la mano en la frente. Triste destino, el de hallarse en un país
extranjero, sin trabajo, y además enfermo. Ni en sus peores pesadillas
podrían los padres de la patria socialista representarse este cuadro,
el de sus ciudadanos emigrando por hambre a un país capitalista,
para colmo de las ironías el vaticinado por Lenin como “la
segunda estrella soviética.”
Ajenos a profecías fallidas, los rusos de Atocha se apiñan
en un rincón como si, último vestigio de lo colectivo, buscaran
en el calor de sus compatriotas un resguardo para los crueles contragolpes
del destino.
Juan María Hoyas

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