Los lectores de EGIN pudimos enterarnos el 11 de septiembre
de 1996 de que una simulación por ordenador había demostrado
que hace ya tres millones seiscientos mil años que nuestros antepasados,
los homínidos de la especie Australopithecus Afarensis, caminaban
erguidos por el este de Africa con la cabeza alta. (20).
Poca gente se da cuenta del brusquísimo y crucial cambio que para
los descendientes de aquellos homínidos ha supuesto el que, desde
hace poco más de un cuarto de siglo, cientos de millones de habitantes
del planeta pudiéramos ver por televisión cómo se ve
la Tierra desde la Luna. Ya algunos años antes los astronautas soviéticos
y norteamericanos nos habían mostrado el Planeta Azul, esa rareza
que es nuestro hogar planetario, visto desde el espacio. Hay poca gente
que haya asimilado bien lo que de nuevo, de radical y definitiva e históricamente
nuevo, significa no sólo el hecho de que podamos ver, desde
fuera de él, al planeta en el que vivimos sino el hecho de que seamos
cientos de millones los que a la vez lo estemos viendo.
Una importantísima consecuencia de ese hecho es
que, gracias a él, es más fácil que los seres humanos
tomemos conciencia de que viajamos todos juntos en una nave espacial. La
nave espacial Tierra. Que, como las naves espaciales artificiales mucho
más pequeñas que ya hemos sido capaces de hacer navegar por
el espacio, no puede disponer para el consumo de sus tripulantes y de sus
pasaje más que de las provisiones que lleva, que contiene. Que son
finitas. Limitadas. Algunas renovables mientras que otras, demasiadas, son
irreemplazables e irrenovables.
Ver la Tierra desde el espacio, verla como la nave espacial con provisiones limitadas que es, puede y debe ayudar a la Humanidad
a entender que, para sobrevivir, tiene que dejar de comportarse
como un cowboy y empezar a hacerlo como un astronauta. El cowboy, imbécil
e ignorante, cree que la Tierra es infinita, ilimitada, inagotable. Mata
bisontes, focas, ballenas, peces, corta y quema árboles, ensucia
y contamina ríos y lagos y tierras insensata, continua e irreflexivamente
como si fueran inagotables hasta que extermina aquellos seres vivos y se
queda sin agua potable o tierra fértil. El astronauta, por el contrario,
sabe que tiene que reciclar su orina para poder beber agua. Y lo hace.
El automóvil pertenece a la imbécil cosmovisión
del cowboy. El automóvil es un despilfarro irresponsable de materiales
escasos y no renovables. Consume increíbles cantidades de los recursos
limitados de la tierra. Por citar datos de la patria del paradigmático
cowboy: entre 1936 y 1985 los conductores de automóviles de Estados
Unidos quemaron tres billones (tres millones de millones) de galones de
combustible, haciendo del automóvil el mayor consumidor de energía
no renovable durante el siglo XX. Los Estados Unidos han quemado ya la mitad
de las inmensas cantidades de petróleo que contenía su subsuelo
y que al planeta le habían costado centenares de millones de años
de evolución colocar en él.(Dicho sea entre paréntesis:
el problema del petróleo, el de su insensato despilfarro al utilizarlo
como combustible -para los automóviles y para otros usos industriales-
y el de la brutal contaminación que esa combustión y la de
otros combustibles fósiles como el carbón originan, configuran
por sí solos un tema específico de excepcional interés.
Un tema de múltiples ramificaciones que penetran tanto en la decisiva
historia genético-estructural de la explotación imperialista
colonial y neocolonial de las riquezas naturales del mal llamado Tercer
Mundo por el capitalismo como en la dominación oligopolística
de las empresas multi y transnacionales, tanto en el uso de la guerra como
motor de la economía capitalista como en el uso de las crisis provocadas
del petróleo -1973, 1979 y 1990 p.e.- como armas en la pugna interimperialista
hoy tripolar USA-Europa-Japón, tanto en la desigualdad de la economía-mundo
capitalista en la que un puñado de millones de escandinavos gastan
tanta energía como centenares de millones de hindúes como
en la dualización de las economías de los países productores
de petróleo en los que la corrupción de las élites
locales serviles al capital multi y transnacional se cobra de los migajas
que éste paga por el petróleo el precio por reprimir a los
pueblos expoliados, tanto en el lujo insultante de unos jeques que importan
champús occidentales para lavar las crines de sus caballos pura sangre
como en la miseria de las masas de países productores de petróleo
como Nigeria y Venezuela que es la contrapartida de la prosperidad de la
Suiza cuyos bancos guardan los miles de millones robados por sus gobiernos.
Carezco aquí del espacio que el problema del petróleo exige
para su mínima exposición. La editorial Hiru y yo dedicaremos
un próximo volumen como el presente a ese tema, con el título
provisional de Petróleo: vitaminas para el Capital, anemia para
los proletarios y desastre para la Biosfera)
¡Ojo! el automóvil no sólo despilfarra
energía al moverse. Los que cantan sus alabanzas ocultan cuidadosamente
el importantísimo hecho de la energía que se consume para
fabricarlos. Antes de ser puesto en circulación la energía
consumida por un automóvil equivale al 12% del combustible que consumirá
durante toda su vida útil. (21)
Y, para completar el cuadro del despilfarro, he aquí
más datos de la patria del cowboy: el automóvil consume el
95% del níquel, el 35% del zinc, el 20% del acero, el 12% del aluminio,
el 10% del cobre, el 6% del caucho y el 5% del plomo usados en los Estados
Unidos.
El problema, con ser muy grave, no consiste sólo en los recursos escasos que se van agotando en la fabricación y en el uso de los automóviles. El problema se agrava por los residuos que esa fabricación genera. El dato realmente salvaje del despilfarro que supone el automóvil, el dato que escalofría sobre el daño que al planeta supone cada coche nuevo es éste: contiene materiales que pesan cerca de una tonelada y media pero su fabricación genera residuos, algunos tóxicos, que pesan entre quince y veinte toneladas. Sin contar los metros cúbicos de agua contaminada que se vierte como resultado de su fabricación. (22) ¿Se da usted cuenta, lectora o lector, de que según ese dato sólo la fabricación de los cuatrocientos setenta y cinco millones de turismos que antes dijimos que existen en la actualidad (sin contar los camiones y demás vehículos industriales de motor) han supuesto muy cerca de diez mil millones de toneladas de residuos?